A pesar de sus setenta y dos años, su muerte se sintió como prematura, y extrañamente también, la noticia causó en forma generalizada eso que el periodismo cortesano llama “consternación”, y que acá, en el llano de nuestro entorno, no dudamos en llamar “pena”. Da pena que Chetochine se haya muerto.
A pesar de sus setenta y dos años, su muerte se sintió como prematura, y extrañamente también, la noticia causó en forma generalizada eso que el periodismo cortesano llama “consternación”, y que acá, en el llano de nuestro entorno, no dudamos en llamar “pena”. Da pena que Chetochine se haya muerto.
Por Adolfo Silverio
El e-newsletter que difundimos el día que se supo de su fallecimiento reportó más aperturas que ningún otro desde que existe Mch-la.com.
Los mails y los llamados entre colegas, anunciantes y lectores se produjeron espontáneamente, todos con diferentes sentimientos pero todos con expresiones de lamento, o cuánto menos, de amarga sorpresa.
De todos los profesionales que se vincularon con Georges, hemos reunido aquí a cinco personas que por distintas razones estuvieron muy cerca de él o de su obra, y a quienes Chetochine marcó definitivamente con su impronta.
¿A qué razón podría obedecer que un consultor, un autor, un conferencista, por más especializado e influyente que haya sido, haya calado así, como un poco más allá del respeto y la admiración intelectual?
¿Qué vínculo interno era el que generaba este hombre en cualquiera que lo escuchara personalmente 15 minutos?
¿Es sólo porque nos hacía reír ese desparpajo con el que nos dejaba a todos en evidencia?: “Nosotros, de marketing, decimos que los distribuidores son unos jodidos!! (…) …No podéis reír porque sabéis que hay distribuidores aquí y tenéis miedo…”.
Sobradas razones
Algún lazo especial él estableció con Latinoamérica en general y con los argentinos en particular. Algo de nuestro modo de concebir las cosas encontraba curso en sus teorías y propuestas estratégicas; algo de nuestra idiosincrasia era revelado en el modo en que estructuraba sus ideas.
Quizás porque era un pesimista, por así decirlo, que no sólo no disolvía las posiciones encontradas sino que las subrayaba, haciendo de ellas el verdadero material de trabajo, y más aún, la base ideológica de su teoría misma: “Todo lo que se dice en las conferencias que he oído sobre colaboración entre industria y retail son un puro romanticismo.”
Quizás porque estaba bastante lejos del optimismo positivo y voluntarista del marketing norteamericano que llena las aulas argentinas y las mentes de los marketineros que allí surgen, y bastante más cerca de los paradigmas dialécticos europeos, antipáticos y difíciles, pero más ajustados a la realidad que opera detrás de los problemas concretos que esos mismos marketineros enfrentan a la hora de salir al ruedo salvaje del negocio del consumo masivo tal como se da acá, al sur del continente.
Pensándolo bien
Hemos querido hacer un homenaje, un recordatorio, y (por qué no) una despedida, si al fin y al cabo el hombre se ha ido.
Para eso reunimos a estos cinco grandes profesionales, que de diferentes maneras han quedado marcados a fuego por él.
Así es como prefiero terminar: robándole a Saramago la última línea de su discurso del Nóbel, compartiendo un puñado de fotos que son profundos retratos, y de aquí en más, dejando que sean ellos los que tomen la palabra. “No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdonadme si os pareció poco esto que para mí es todo”.